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domingo, 10 de agosto de 2008

La filosofía francesa contemporánea y su influjo en el pensamiendo dominicano contemporáneo

I - Planteamiento de la cuestión

Las palabras suelen estar cargadas de historia y de valores. El entramado gramatical que nos sirve de medio de expresión no es en modo alguno inocente. Con el idioma heredamos una gama de percepciones que, paso a paso, van configurando la particular manera en que cada individuo ha de relacionarse con el mundo y comprender los asuntos a los cuales aplica su entendimiento. Buena parte de la tarea de un aprendiz de pensador, del orden científico o del orden humanístico, consiste en encontrar su propia voz, sin renunciar, empero, al código común; esto es, a la lengua en la que se han forjado su carácter y su mentalidad.

M
uchos se ven urgidos a formular nuevos términos y expresiones para aprehender o comunicar las ideas que en su espíritu han germinado (Hegel, Duarte, Heidegger, Avelino); otros hurgan sin sosiego en el sentido virginal de las viejas palabras hasta someterlas a la horma de su propio sistema de pensamiento o le asignan nuevos contenidos (Descartes, Kant, Ortega, Sartre). Los que no han tenido la gracia de estar tan bien dotados se contentan con abstraer algunas de las acepciones posibles del legado idiomático puesto a su disposición por la familia cultural de la que participa a los fines de evitar, así sea mínimamente, la trampa del campo común a que inexorablemente conduce la tendencia a seguir, como el torrente, el camino ya hecho; es decir, la aplicación de la ley del mínimo esfuerzo a los quehaceres propios de la sensibilidad y de la inteligencia. El tercero de estos caminos es que a continuación se sigue.

El propósito de esta meditación es identificar algunos signos efectivos en el pensamiento nacional dominicano, de alguna forma emparentados con cierta filosofía europea. Ahora bien, semejante programa parte de algunos supuestos, por ejemplo: que existe algo así como «la filosofía francesa contemporánea», o de cualquier otro espacio-tiempo histórico; que es posible acceder a la comprensión de los «pensamientos nacionales», e incluso, que hay en la República Dominicana del presente un «pensamiento nacional»; que la filosofía puede contribuir a la configuración de uno que otro «pensamiento nacional»; que la filosofía francesa contemporánea ha tenido alguna influencia en el pensamiento nacional dominicano del presente. Pero, pasando de lo hipotético a lo problemático, ¿existe algo así como la filosofía? Y ésta, si existe, ¿puede ser francesa o contemporánea? ¿Hay progreso en filosofía? ¿Qué es un pensamiento nacional? ¿Hay en la República Dominicana de nuestros días un pensamiento nacional? Si existe, ¿admite influencias? ¿Existen pensamientos no-nacionales? ¿Hasta qué punto el rastreo de influencias está mediado y, especialmente, limitado por la mucha o poca erudición, la versatilidad y la sensibilidad de quien lo lleva a cabo?

La filosofía en realidad no reconoce fronteras ni épocas. Sólo son parte de su acervo aquellas manifestaciones que, precisamente, por su nivel de elaboración y sistematicidad trascienden lo local y las limitaciones del momento en que se generan. Platón, Aristóteles o Par
ménides siguen siendo hoy por hoy fuente de inspiración y de sabiduría para los amantes de esta manera de conocer la realidad. No son menos actuales que Gardner, Savater o Derrida. La filosofía sólo comienza a ser cuando alza su vuelo sobre lo particular y limitado. Y no es que los filósofos sean entidades a-históricas. Pero no todo lo que hace, dice o escribe un filósofo es necesariamente de carácter filosófico. Nadie es filósofo de tiempo entero. La filosofía, además, no es unitaria. El acuerdo no es, precisamente, una de sus notas características. Más que de filosofía, cabe hablar de filosofías, de quehaceres, uno de cuyos elementos comunes es la diferencia, la multiplicidad de enfoques, la diversidad de perspectivas.

¿Qué queda en pie? Su estructura lógica, el conjunto de exigencias a observar para que determinadas reflexiones puedan ser estimadas, con propiedad, como filosóficas. Los principales requerimientos para filosofar, a mi ver, son los siguientes: no aceptar, rechazar, negar ni afirmar algo sin antes someterlo a pacientes reflexión (análisis, síntesis, criticidad), enfocar los asuntos a considerar desde todos los flancos posibles, referirlos siempre a la totalidad de lo existente, y poner el mayor empeño en no incurrir en alguna de las trampas a que está sometido todo intento de observación, indagación, pensamiento y argumentación (ídolos, paralogismos, falacias).

Por otra parte, a lo que, por lo general, se da el nombre de filosofía es a la producción intelectual que surge al amparo de una serie de disciplinas o áreas del saber de tipo filosófico, como la Gnoseología o Teoría del Conocimiento, la Epistemología, la Historia de la Filosofía, la Lógica, la Etica, la Metafilosofía, al Cosmología, entre otras, muchas de las cuales no faltan quienes dan en tenerlas por ciencias, es decir, saberes de tipo intersubjetivo, experimental e incluso unívoco, como suele acontecer con la Lógica, la reflexión histórica y la Psicología, por ejemplo. Tan amplio es el espectro de las subdivisiones formales de la filosofía que sería prolijo mencionarlas aquí. Además, para los fines de la presente meditación lo que importa es dejar sugerido que para ser filósofo no hay que empeñarse en hacer aportes en todos los costados del amplio espectro del quehacer filosófico, pretensión por demás imposible y sólo reservada a los entendimientos de excepción, como Platón, Hegel, Kant, Aristóteles u Ortega; bastaría con que el aspirante a filósofo logre posicionarse, por su originalidad y su rigurosidad, a la sombra de algunos de estos momentos, con tal de que proceda conforme los principios inherentes a la forma filosófica de conocer el mundo. Este aporte puede ir desde el descubrimiento de un nuevo problema relegado en determinada tradición, hasta la crítica o formulación de un nuevo argumento, la refutación de alguna posición, la estructuración de una o más categorías, la presentación de nuevas razones a favor de viejas proposiciones, la elaboración de un nuevo sistema de pensamiento, la puesta en escena y jerarquización de la cartilla de problemas filosóficos a la espera de solución en nuestra época, o el ensayo de alguna propuesta radicalmente novedosa.

La filosofía, como la ciencia y la religión, no se reporta ante ninguna instancia de tipo político-geográfica. Su norte es, más bien, la racionalidad, la verdad, o la intersubjetividad. No existe, pues, hablando con propiedad, una filosofía francesa, aunque sí un quehacer filosófico contemporáneo. Pero es obvio que hay un conjunto de filósofos contemporáneos que, dentro y fuera de Francia, han producido una apreciable cantidad de obras y propuestas de carácter filosófico, algunos de los cuales no son propiamente franceses —como Emmanuel Levinás, E.M. Ciorán y Albert Camus—, pero que se han formado conforme a las determinaciones básicas de la cultura francesa, es decir, del conjunto de hábitos mentales, conscientes o inconscientes, que han ido elaborando y asumiendo los galos en su enfrentamiento milenario con la naturaleza y que, de alguna manera, se han ido como acumulando en su lengua, la lengua francesa, que es, a la vez, la principal subsidiaria de su identidad; o lo que es lo mismo, de su mentalidad, su modo de ser, de actuar, y de sus aspiraciones más elementales. La filosofía corresponde a un orden distinto al de la llana cotidianidad, pero la impronta de la propia mentalidad puede dejarse sentir, como precipitado inconsciente o como motivo para la reflexión, en la obra de cualquier libre-pensador. Los valores epocales, e incluso nacionales, pueden ser, en este sentido, componentes u objetos del quehacer filosófico. La filosofía producida en o desde determinada lengua puede o debe tener una serie de elementos comunes, pero, ¿no son éstos, por esencia y existencia, incomunicables? Desde e
ste punto de vista, podría admitirse que existe una filosofía francesa, la que ha sido producida en la lengua correspondiente y que, obviamente, no siempre compartirá temas, problemas ni soluciones, sino, única y exclusivamente, su estructura lógica, la forma —general, reflexiva y conceptual— que le es inherente, y que, por ende, puede coincidir o colindar con cualquier otra hecha en cualquier otra lengua, como el español, y en cualquier otro lugar del planeta, que bien podría ser una parte de la isla de Santo Domingo, de América o España, sin que por ello tengan éstas que ser supeditadas a aquella, o la segunda a la primera, por ejemplo. El idioma como depositario de las determinaciones fundamentales de la mentalidad, más que el lugar en que se produce una filosofía, es lo que importa en el caso que nos ocupa.

¿Qué es lo contemporáneo? ¿Cuándo comienza la contemporaneidad, la denominada Edad Contemporánea? ¿En qué medida importan las épocas y edades históricas al quehacer filosófico? Los cambios históricos, ¿producen, en todo caso, cambios de mentalidad en pueblos, naciones y continentes? Los cambios políticos y de mentalidad de consideración, ¿conllevan, necesariamente, cambios estructurales en el quehacer filosófico? ¿Hay progreso en filosofía? Si existe, ¿cuál es su esencia, cuál su naturaleza? En filosofía, la verdad es que todos co-existimos, todos somos coetáneos y contemporáneos. Todos vivimos a la misma altura de los tiempos. Lo que hay de filosófico en Heráclito, Platón y Schopenhauer es tan actual hoy como lo fue ayer. Basta con que se los llame a diálogo. La lectura filosófica no se hace para aprender, sino como estímulo para el trabajo intelectual, como un motivo para forjarse un punto de vista personal en torno a los asuntos tratados. Los fastos del espíritu siguen una lógica distinta a los de la historia, que es, digamos, como la política de tiempos distantes o cercanos, con tal de que sea relevante. Así, por ejemplo, la muerte de Trujillo inicia entre nosotros la contemporaneidad política, más no la filosófica, que ya se había iniciado hacia mediados de los años cuarenta.

Las revoluciones sociales no necesariamente desembocan en cambios en la mentalidad ambiente ni en el modo de hacer la filosofía. La filosofía en realidad ha cambiado poco desde Sócrates, Platón y Aristóteles hasta el presente. Igual que la aritmética y la geometría, el modo en que ha de construírsela teóricamente quedó establecido desde la antigüedad clásica. Desde entonces, ha crecido en alternativas, contenidos y disciplinas, pero su metódica no ha ido más allá de la Apología de Sócrates, el Libro VI, de La República, el Teeteto y el Organon Aristotélico. La filosofía francesa contemporánea, Kant, Hegel, e incluso, Nietzsche, Ortega y Heidegger no sólo son inentendibles al margen de la tradición allí iniciada, sino que son sus genuinos continuadores. Al modo que aquí se la ha entendido, es filosofía precisamente porque se ha ocupado de unos asuntos determinados y de una forma que la hace parte de esa manera de conocer la realidad. En este orden, la filosofía francesa contemporánea es tan antigua como la helenística, la cartesiana o la atomística, o no-es. Los cambios en la mentalidad, por contra, sí suelen hacer que sobrevengan rupturas de consideración en el ámbito de lo político, como ocurrió en Francia a finales del siglo XVIII; pero no siempre es así. Mas esa tampoco es la materia de la presente cogitación.

Para que una filosofía sea francesa o dominicana tiene, primero, que ser, ésto es, ser una filosofía. Si he de ocuparme de la filosofía francesa contemporánea, reconocida la arbitrariedad de hablar de lo contemporáneo en esta área de la sabiduría humana como no fuese para referirlo a determinadas perspectivas, enfoques o contenidos, que en ésto sí ha habido cambios en filosofía —aunque no sé si progresos—. La filosofía moderna se inicia, he oído decir a mu
chos autores, con René Descartes, pero yo ¿qué sé de éso? ¿cómo podría yo determinar si es o no así?, porque del hecho de que haya ejercido una gran influencia en la racionalidad occidental, no se sigue necesariamente lo primero. Además, parejos a Pascal, Kant, Montaigne, Hegel, Leibnitz hay muchísimos otros filósofos que no despertaron tanto interés público. No hay una, sino múltiples corrientes filosóficas en todo tiempo. Igual de difícil se me haría determinar si el existencialismo, el estructuralismo o el personalismo son corrientes filosóficas francesas contemporáneas, porque se forjaron en la lengua francesa de esta época histórica, o porque llegaron a ella a esta altura del tiempo, o porque expresan apuestas de la cultura francesa. Así, pues, que no me queda más que un puñado de filósofos contemporáneos de lengua francesa, pero sigo sin saber qué es lo contemporáneo en la filosofía producida en lengua francesa, a partir de qué momento del espíritu se instala la contemporaneidad en este doblón de la cultura filosófica. Ante la ausencia de mejor opción resolveré la problemática recurriendo a una convención a-filosófica, del orden de lo histórico-político: la Segunda Guerra Mundial. En lo adelante, y para los fines del presente ensayo, entenderé por filosofía francesa contemporánea al conjunto de manifestaciones filosóficas escritas y publicadas en lengua francesa desde 1945 hasta nuestros días, o que alcanza sus mayores influencia, perfección y difusión a partir de entonces.

Si este ensayo ha de ocuparse de algún pensamiento nacional, ha de ser del pensamiento dominicano de tipo filosófico, con la salvedad de que el pensamiento filosófico carece de género, en el sentido de que las ideas filosóficas lo mismo cabalgan a lomos de grandes tratados, que de ensayos, poemas, artículos periodísticos, obras de teatro, cuentos, novelas o aforismos. La noción de «pensamiento nacional» es demasiado amplia, como se verá más adelante, para ser objeto de propósito tan modesto como el presente. Para lo que al quehacer filosófico dominicano, contemporáneo también, respecta valen las mismas reservas que para lo relativo a la «filosofía francesa contemporánea»: ubi eaden ratio, idem jus, ante situaciones cuyos componentes relevantes son idénticos, aplican en esencia las mismas razones. De todos modos, acaso no resulte del todo estéril plantearse, así sea con miras a una tentativa futura, algunas interrogantes como, pongamos por caso, si existe algo así como un «pensamiento nacional»; si hay en la República Dominicana del presente un «pensamiento nacional»; si existe, si admite o no influencias; o si es posible que co-existan dos o más «pensamientos nacionales»; y si en este punto la noción de influencia comporta o no un juicio de valor, etc.

El rastreo de influencias de una cierta filosofía en otra está mediado, en primer lugar, por el dominio que de ambas tenga quien emprenda tan singular tarea, en torno a la cual habría que preguntarse, entre otras cosas, si es capaz de producir algún fruto que valga, que sirva de algo a la actividad de filosofar o que esté llamado a permanecer más allá del momento en que lo realice. A la erudición hay que agregarle la destreza y el conjunto de valores que, por afinidad o contraste con
la propia mentalidad han de jalonar de manera especial la atención del investigador. En segundo lugar, la mera comprobación de la existencia de valores, ideas o recursos intelectuales semejantes en épocas y lugares distintos no es indicio fehaciente de la existencia de influjo alguno entre una y otra cultura o escuela; bien puede deberse a la recurrencia con sentido creativo a los mismos puntales de una misma tradición intelectual; o bien a coincidencias accesorias (giros, ejemplos) o axiales, pues nada impide que dos o más personas, cada una por su lado, como ha acontecido en múltiples ocasiones en el plano de la investigación técnico-científico, lleguen a idénticas conclusiones; además, por distintos caminos bien se puede llegar a idénticas convicciones. La mera precedencia no constituye razón suficiente de influjo.

La búsqueda de influencias y de antecedentes, en tercer lugar, descansa en la presunción de una racionalidad absorbente y totalitaria que a través de los siglos se desplaza, penetrándolo todo a su paso, como el eidos platónico, la philosophia perennis o la Idea hegeliana. Su apremio es el género; pero, ¿por qué insistir en la identidad y no en la diferencia, en el carácter único e irrepetible de toda actividad humana —como, salvando las distancias, proponen los raciovitalistas, los estructuralistas y los existencialistas—? Así enfocado el asunto, la perspectiva de aprehender la pujanza y los aportes de determinada manifestación filosófica, puede conducir a mejores resultados en términos de hallazgos y equidistancia. De otro modo, el prejuicio es claro: el quehacer filosófico dominicano contemporáneo no es original, el francés sí, o al menos, es fuente permanente de inspiración, ¿y por qué no pensar en la posibilidad contraria? Así somos, la verdad, así estamos acostumbrados a pensar nuestra relación de intercambio cultural con el exterior. Taras de pueblo joven, sometido por demás al influjo sutil del torpedeo político y publicitario extranjero y de constantes oleadas de inmigrantes (haitianos, cubanos, orientales, etc.) no siempre organizadas, ordenadas ni provechosas a la nación. Porteños por esencia y esencia, miramos hacia el exterior sin reparar jamás en las propias potencialidades en aras de actualizarlas, ponerlas en andamiento y desarrollarlas. Esperamos del exterior los medios para subsanar nuestros deterioros, mientras descuidamos con inexplicable irresponsabilidad y falta de juicio nuestros retos, horizonte y circunstancias. Empero, quizás no carezca por completo de mérito la realización de este escarceo espiritual; bien podría llamar la atención de los dominicanos del presente en torno a los vínculos existentes entre los pilares de su identidad con la cultura clásica mediterránea (religiosidad, lengua, ordenamiento jurí
dico), como un modo de hacerles volver la mirada hacia sus esencias nacionales, bien diferentes por cierto a la afro-antillana (Cuba, Haití) y a la angloamericana (United States of America). En atención a estas cautelas, mi punto de partida será el quehacer filosófico dominicano y su homónimo francés sólo será llamado a escena en la medida en que constituya referencia para la crítica, la continuidad o la divulgación en nuestro espacio-tiempo histórico. La filosofía francesa, no estaría lógicamente situada en un lugar de privilegio, como sugiere el título, que la convierte en un factor principal para la comprensión de la actividad filosófica contemporánea en la República Dominicana. Con todo, este ensayo no pasará de ser un esfuerzo de carácter enunciativo, no limitativo, en uno y otro caso, y no traspasará los lindes de lo hipotético.

II - Caracterización general del quehacer filosófico dominicanoa 1945 - 2000

La utilidad de esta panorámica viene dada por la apertura de la posibilidad de superar los propios vicios y acentuar los aciertos de la reflexión filosófica dominicana de la última mitad del siglo XX. La más elemental y simple de sus notas es su existencia, la cual, obviamente, no hay que dar por supuesta. En filosofía todo ha de ser problematizado y discutido. Y yo, como soy filósofo, tengo una pregunta para cada respuesta, ha escrito con razón un aprendiz de filósofo. De hecho, la pregunta en torno a si hay o no filósofos dominicanos en el presente no deja de ser interesante. No faltan quienes apuestan negativamente, y hasta quienes creen que esta parte del planeta jamás ha producido un filósofo ni existen siquiera condiciones para que ello acontezca; pero es evidente que en ésto, como se verá más adelante, se han descaminado.

Filósofos ha habido y hay en apreciable cantidad en la República Dominicana de los tiempos que corren y, en menor medida, filosofías originales y rigurosas, como el categorialismo, enjudioso esfuerzo de propensión sistemática emprendido por Andrés Avelino. Filosofías no sólo son las que desembocan en sistemas. La sistematicidad no es precisamente uno de los componentes esenciales de este quehacer humano, como lo ponen de manifiesto, por ejemplo, las obras de los presocráticos, Schopenhauer, Nietzsche, Kafka y Camus, aunque los tratadistas pongan mayor acento e interés en los grandes sistemas y sus soluciones. Una cosa es la filosofía de los académicos y la de los historiadores de la filosofía y otra, la filosofía de los filósofos. La filosofía es mucho más que la historia de los sistemas filosóficos que en el mundo han sido. Con todo, en honor a la verdad, la filosofía sistemática, una entre otras maneras de filosofar, aún está por nacer en la República Dominicana.

La falta de comunicación entre los filósofos dominicanos con su tradición es otro de los vicios o fallas a superar por los que a este quehacer se dedican entre nosotros. La ausencia de diálogo de nuestros libre-pensadores de este período con el pasado filosófico dominicano hace imposible una relación dinámica de continuidad—discontinuidad que ponga en valor lo realizado hasta ahora y a los sucesores, en capacidad de superarlo. De ahí la ausencia de grandes tendencias histórico-filosóficas, escuelas y grupos filosóficos de considerables fortaleza y permanencia en la República Dominicana del presente. Cada quien se empeña en hacer su obra, en elaborar su filosofía, al margen del propio contexto y de la propia tradición. Se suele mirar hacia afuera y se procura, eso sí, estar al día en cuanto a lo que se produce en Europa, básicamente en Francia y España, y en Italia y Alemania, en menor medida, pero escasean los estudios y las relaciones respecto a lo que aquí y en América Latina producen nuestros coetáneos.

La ausencia de verdaderos departamentos de filosofía en las universidades dominicanas, a excepción de la UASD, el Seminario Santo Tomás de Aquino, y, en los últimos tiempos, el Instituto Bonó, es otra de las causales a tomar en cuenta. Pero aún estamos a tiempo, y algo se ha hecho. Es mucho lo que las universidades pueden aportar al conocimiento del pasado filosófico dominicano con sólo incluir dos o tres niveles de historia del pensamiento filosófico dominicano en los planes de estudios que tengan que ver con la forja de pensadores y escritores (Letras, Filosofía, Ciencias Políticas, Derecho, Sociología), y aun más con la fundación de institutos dominicanos de investigación filosófica —como en fecha reciente ha hecho la Universidad del Estado—, y con el establecimiento de premios y concursos orientados hacia el c
onocimiento de los testimonios filosóficos dominicanos del pretérito y del presente.

Entre nosotros, durante el período estudiado, tampoco abundan los tratadistas. La filosofía ha florecido, sobre todo, a la sombra de las revistas, los periódicos, la actividad política y el ministerio eclesiástico. Existe, además, una abundante producción filosófica subsistente en las obras narrativas, poéticas y ensayísticas de nuestros hombres de letras. Todo estudio futuro del quehacer filosófico contemporáneo debe tener en cuenta estas fuentes alternativas, y no concretarse a las publicaciones —libros, revistas— de tipo filosófico en sentido estricto, como ha ocurrido con este intento de mirada panorámica. En efecto, cada uno de los tres grandes bloques en que subdivide el presente período tiene sus poetas, quienes, a su vez, también entregarán a la estampa sendas obras de filosofía strictu sensu. Poetas y filósofos al propio tiempo son, en el primer bloque, Andrés Avelino y Antonio Fernández Spencer; León David, Andrés L. Mateo y José Ulises Rutinel Domínguez, en el segundo; y Víctor Bidó, José Mármol y Basilio Belliard, en el último. Pero sólo el primero produjo su propio historiador y antólogo, cuyos dominios se extenderían a todo el devenir filosófico dominicano.

III - Intento de periodización

Para los fines del presente ensayo he identificado tres bloques promocionales. El primero abarcará los años comprendidos entre 1945 y 1963; el segundo, 1966-1980; el tercero, 1980-2000. Los tres coinciden con la preeminencia de tres grandes generaciones literarias dominicanas, lo cual no debe mover a extrañeza, pues la filosofía no es más que un modo específico de hacer literatura. La filosofía es éso, literatura de pensamiento. Por cada promoción escogeré uno que otro pensador representativo en que exprese las tendencias generales de su generación y deje traslucir algún influjo, contacto, reacción o afinidad con el quehacer filosófico francés de nuestro tiempo, en la medida en que ésto sea posible, y sin dejar de hacer alusión a los que no muestren parejos indicios.

Dos constantes completan el intento de caracterización emprendido: la producción filosófica en sentido estricto durante este período ha estado estrechamente vinculada al quehacer universitario, y muy especialmente a la forma en que este toma cuerpo en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y, aunque el raciovitalismo orteguiano nunca ha constituido allí una tendencia de pensamiento favorecida ni promovida por la institución, constituye una de las líneas de frecuencia fundamentales de la actividad filosófica dominicana de los últimos cinco decenios.

IV - El bloque generacional 1945 - 1963

En 1946 fallecía en Buenos Aires, en uno de los vagones de un tren pronto a partir, Pedro Henríquez Ureña, una de las cumbres del brazo filosófico de la escuela hostosiana en Santo Domingo. Este hecho es significativo, si hemos tomar como referencia los años en cada uno de los representantes generacionales elegidos publicaron sus obras primordiales; por otra parte, porque a diferencia de lo que ocurre con éstos, la obra de Henríquez Ureña sí expresa un movimiento de ruptura y continuidad al propio tiempo respecto a la reflexión filosófica surgida en la República Dominicana hasta entonces. El radio de acción de su inteligencia estuvo dado por el legado cultural iberoamericano y, muy especialmente, por la situación espiritual ambiente en su tierra natal. De este primer bloque generacional, sólo Juan Francisco Sánchez (1902-1973) y Armando Cordero (1909-1986) mostrarán un vivo interés por la historia de las ideas en la República Dominicana.

Sus aportes en este orden son innegables, pero las matrices básicas del pensamiento filosófico del primero tienden, más bien, hacia la teosofía que hacia la versión dominicana de la cultura intelectual mediterránea. En cuanto al segundo, no cabe hablar de presencia o ausencia de las determinaciones superestructurales dominicanas, en razón de que su móvil, antes que la configuración de un pensamiento propio, es la puesta en valor y el comentario de los monumentos filosóficos producidos en esta parte del mundo, desde la colonia hasta nuestros días. El primero, a este mérito, sumó la elaboración de un pensamiento propio y la discusión de las tesis fundamentales de filósofos de renombre internacional ya a mediados de los años cuarenta, como fue el caso de Jean Paul Sartre, algunas de cuyas obras leyó en su lengua original.

Los restantes representativos de este período comparten con Juan Francisco Sánchez el esfuerzo por acceder a un modo propio de encarar los temas filosóficos a que aplicaron su entendimiento, el comportamiento académico, el hecho de haber nacido —a excepción de Antonio Fernández Spencer, que vio la luz en 1922— en los albores del siglo XX, de ser nativos de la Capital de la República —menos Andrés Avelino—; pero se diferencian de él en que, a pesar de sus laudables esfue
rzos por encontrar su propia voz filosófica, todos acusan una ostensible presencia de alguna de las escuelas europeas de pensamiento. Juan Isidro Jimenes-Grullón (1903-1982), por ejemplo, sólo durante los dos primeros decenios de su producción intelectual dejará entrever en su obra el influjo del positivismo americano; a pesar de haber estudiado Medicina en la Francia de los años veinte, es relativamente poco el peso de las filosofías al uso allí durante esos años en su pensamiento posterior. Desde mediados de los años cuarenta, será la versión engelsiana del marxismo la que dominará sobre los restantes signos de su mentalidad filosófica.

Andrés Avelino (1899-1974), fue un pensador sistemático y original, como llevamos dicho, cuya obra, de rato en rato deja traslucir no poca presencia y afinidad, temática y de apreciación, con el kantismo y el platonismo. Antonio Fernández Spencer (1922-1994), discípulo directo de José Ortega y Gasset durante su estadía en España, y lector paciente de sus obras, fue un raciovitalista consciente y confeso hasta el último día de su vida. Aunque fue un lector voraz de Platón, de los presocráticos y, en menor medida, de Henri Bergson, como lo evidencian buena parte de su poética y de su ensayística, el pensamiento orteguiano es el referente último de sus ideas filosóficas, con exclusión de su crítica literaria pero sin dejar fuera su abundante producción de crítica de artes plásticas.

Juan Francisco Sánchez es, quizás, el caso más significativo desde el punto de vista del posible contacto entre los quehaceres filosóficos francés y dominicano durante este período. En 1947 publica un ensayo titulado "A propósito del existencialismo" en los Cuadernos Dominicanos de Cultura (Ciudad Trujillo, Septiembre de 1947), en el que identifica dos tendencias en dicha escuela, la atea y la teísta, de las que son representantes aventajados Sartre y Heidegger, respectivamente, (pp. 42-43), si bien, a su juicio, ambos parecen estar de acuerdo en lo fundamental, a saber: que la esencia del hombre es existir. Aunque reconoce a Sartre un cierto mérito como analista de la conciencia (p. 54), le reprocha su ateísmo por aquello de que "la existencia precede a la esencia" (p. 45), sin considerar siquiera si es o no posible una cierta con-causalidad, y, sobre todo, la negación del saber de tipo científico que, en la concepción de Sánchez sólo es posible mediante la "intuición eidética". En una conferencia dictada un año después y, que no publicaría sino diez años más tarde en la Revista de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Santo Domingo, "Sí y no a Sartre", retoma algunas de estas objeciones, y plantea otras, algunas de las cuales aún hoy, cuarenta y dos años después, conservan toda su fuerza y su vigencia, como las referentes al en-sí sartreano
y al concepto de libertad (Revista Dominicana de Filosofía, Ciudad Trujillo, enero-junio de 1958, pp. 29-30, 32).

El influjo de la filosofía francesa en el pensamiento nacional, en este caso concreto, tiene la forma de un motivo para la reflexión. Lectores hubo, y los hay entre nosotros, de la producción filosófica de lengua gala, y muy buenos, como en todas partes del mundo, pero no epigonales ni adocenados. Y es bueno que así sea, porque esa es la senda de la hermenéutica filosófica. Contactos, no la relación del eco con su agente, es lo que ha habido entre nuestros pensadores y la filosofía francesa. Que ellos conozcan o desconozcan lo que acá se ha hecho en esta área del saber humano, poco o nada dice acerca de los méritos o la calidad de nuestras búsquedas intelectuales. La ignorancia no confiere derechos, salvo los que se expresan mediante el silencio.

V - La segunda promoción 1966 - 1980

Cuando en los círculos académicos y humanísticos de la República Dominicana se piensa en la alta cultura, por lo general, se vuelve la mirada hacia el mundo mediterráneo, básicamente en dirección a la antigüedad greco-latina —más a lo primero que a lo segundo—, a Francia y a España, y en menor medida, a Alemania. Razón es que así sea, pues en la cultura mediterránea están dados los matices fundamentales de lo que en esencia somos. Francia, por su parte, constituye la versión moderna más equilibrada, mejor lograda, de aquélla; diríase que es una versión actual y quintaesenciada de las aspiraciones, hábitos mentales y realizaciones de aquel mundo ya venido a menos en lo político, lo económico y lo militar. Entre los motivos mediterráneos de la reflexión filosófica ensayados por este bloque generacional saltan a la vista los de factura francesa, como se verá a continuación. Tres características completan el cuadro de esta promoción de filósofos dominicanos, en la que se pueden distinguir tres sub-grupos y dos pensadores independientes. Una de ellas es que, en términos generales, son personas comprometidas —en lo político, con la institucionalidad religiosa o lo académico—, salvo tres o cuatro de ellas a lo sumo: Federico Henríquez Gratereaux y León David (Juan José Jimenes - Sabater), John Saunders y Angeolo Sánchez-Bethancourt. La segunda: por lo menos cuatro de sus representantes son extranjeros; y la tercera, buena parte de los miembros de esta promoción hicieron estudios de grado o de postgrado en el exterior.

El primer sub-grupo cuenta, entre sus constituyentes a Darío Solano, Tulio H. Arvelo, José Ulises Rutinel Domínguez, Pablo María Hernández y Angel Moreta. A excepción del primero, todos han dado a la estampa uno o más libros de filosofía, a partir de los cuales es relativamente fácil descubrir los trazos de un cierto marxismo, de fuente francesa (Georges Politzer, Martha Harnecker), unas veces, y rusa (Afanasiev, Mitrofan N. Alexeiev) en los restantes. La producción intelectual de Darío Solano, cuya existencia interrumpieron los hados de manera inesperada en su momento de máxima plenitud, no rebasó el ensayo, el artículo y la disertación docente, pero, con todo, no dejó de tener alguna influencia en por lo menos dos de los miembros destacados del tercer y último bloque generacional de que se ocupa este ensayo: Tomás Novas y Rafael Morla. En
los fragmentos de obra que de él de se conservan predomina el materialismo dialéctico de filiación soviética, especialmente en la forma que éste adopta en Dialéctica de las formas del pensamiento, de Mitrofan N. Alexeiev, y, en menor medida, de Eli de Gortari. Tulio H. Arvelo y Rutinel, éste más que el anterior, constituyen las mejores avanzadas, los productos mejores de la escuela del materialismo dialéctico e histórico ruso en Santo Domingo, en el ámbito filosófico; en ambos —en el Manual de introducción a la filosofía, del primero, y en De Thales de Mileto a Carlos Marx, del segundo— se advierte la frescura estilística y el impulso creativo, por lo menos en los ejemplos y en la argumentación, ambiente en los Elementos y en los Principios de filosofía marxista del Georges Politzer de la etapa marxista, porque la verdad es que el de la Crítica de los fundamentos de la Psicología, La crisis de la Psicología contemporánea y el crítico sistemático del intuicionismo no dejó huellas eco entre nosotros; el que prendió en el modo de filosofar de estos dominicanos, que encontraron en la filosofía un camino abierto para la desmitificación ideológica y la lucha en contra del gran Calibán del norte fue justamente éste, el del discurso de divulgación de la obra de Marx para obreros y estudiantes. Incluso las dos entregas que vieron la luz del proyecto de curso de introducción a la filosofía, de Angel Moreta, Lusitania Martínez y Miguel Sáez, y el Diccionario filosófico, los Fundamentos de filosofía marxista y La filosofía hoy, de Pablo María Hernández, rara vez suparan la atmósfera de paradoja y al clima de sinrazón que rezuman los Fundamentos de Filosofía, de Afanasiev. Este supuesto marxismo, políticamente eficaz tal vez, es bien poco lo que hizo en pro del renacimiento filosófico dominicano, y no pasó de ser un neo-positivismo de la peor factura, en unos casos, y un reduccionismo metafilosófico y un sensualismo superficial. Filosofía y a-criticidad se excluyen recíprocamente.

En la segunda camada, integrada por Andrés Paniagua, Vanna Ianni, Jesús Tellerías, Miguel A. Pimentel y Norberto Soto, el compromiso, en los casos en que existe, está mediado por una cierta conciencia teórica. Su actitud característica es la apertura hacia otras corrientes, marxistas también, en la mayoría de los casos. Lo que en los tiempos que corren acontece, por ejemplo, en el marco del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) está estrechamente relacionado con la actividad y los modos de conciencia de ellos. Vanna Ianni y Pimentel son los más destacados en términos de producción intelectual; la primera con la publicación de su libro Marxismo y no marxismo, de sus numerosos ensayos teóri
cos en diversos suplementos y revistas así como su fructífera labor docente, devino fuente de inspiración y motivo de emulación que dejó su impronta en la mayoría de los exponentes del brazo filosófico de la generación '80. Gracias a ella los educandos y lectores de entonces entraron en contacto, sin ambages ni cortapisas, con las fontanas directas de la modernidad occidental y de las escuelas italiana y francesa del marxismo contemporáneo: Hume, Kant, Wolff, Hegel, Althusser, Colleti, Gramsci, Croce, Lefebvre, Deleuze y Bachelard, y de otros no menos significativos como Lukács, Foucault y Goldmann, lo que la convierte en la gran introductora de la novísima filosofía francesa en el ambiente espiritual dominicano de nuestro tiempo.

Miguel A. Pimentel, profesor, investigador de la citada institución académica, tiene en su haber una obra respetable por la madurez que en cada nuevo libro exhibe con respecto a los anteriores. Su tema predilecto es la historia crítica de las ideologías y del pensamiento filosófico criollo, tarea que asume con vigor desde una perspectiva marxista bastante flexible. A pesar de tener una producción copiosa en la que accidentalmente se advierte la presencia del Althusser de "Los aparatos ideológicos de Estado", pero sobre todo de Engels y Marcuse, ha tenido poco peso en la nueva filosofía dominicana. Esto último también es válido en el caso de Nolberto Soto, quien a su regreso de México, donde realizó sus estudios de especialización en Metodología de las Ciencias, publicó dos libros —un ensayo en torno a Hostos y su obra más ambiciosa: los Siete ensayos epistemológicos—. La producción intelectual de Andrés Paniagua y Jesús Tellerías es básicamente ensayística y aún se encuentra dispersa. Su mayor mérito en cuanto a los nuevos desplazamientos de la conciencia filosófica dominicana reside no en haber difundido ninguna escuela nueva de pensadores, franceses o no, entre nosotros, sino la de haber insistido hasta el cansancio en la necesidad del pensamiento propio, de la creatividad, como antesala de toda labor intelectual que se precie de ser auténtica.

La tercera promoción del bloque generacional correspondiente a los años 1966-1980 deja conocer sus apuestas filosóficas básicamente a través de las páginas editoriales y de los suplementos del periódico Hoy y del Listín Diario, y en menor medida, de El Nuevo Diario. Son la expresión de la filosofía no académica y si bien no entran en diálogo directo con sus parejos universitarios, constituyen, en los hechos, una forma distinta de enfocar los mismos temas, o una buena parte de ellos. Algunos de ellos profesan, en la UASD o en la PUCMM, pero el ámbito de su actividad productiva no es, precisamente de índole académica; tal es el caso, por ejemplo, de León
David y de E.C. Alben, pseudónimos de Juan José Jimenes-Sabater y del P. Benavides. La reacción antimarxista y anti-existencialista en ocasiones tomará la forma directa, como en el caso de este último, y en ocasiones la forma indirecta, a través de un discurso afirmativo que, sin embargo, parte de otros referentes o modelos teóricos. León David y Federico Henríquez Gratereaux, por ejemplo, enhebrarán sus reflexiones —sobre la posición del individuo en el mundo y la creación artística, en el primero; en torno a la cuestión nacional, en el segundo— a partir del raciovitalismo orteguiano. Jacinto Gimbernard y E.C. Alben parecen estar influidos fundamentalmente por la cultura clásica mediterránea de corte greco-latino, al aplicar sus inteligencias respectivas así al cotidiano devenir dominicano como a los grandes temas de la filosofía occidental. John Saunders se inclina por la filosofía de corte cientificista, al modo de Mario Burge y Hans Reichenbach. Ferrando Ferrand parece influido por el pensamiento hegeliano y las temáticas propias de la denominada filosofía latinoamericana. Angeolo Sánchez-Bethancourt, por su parte, se inclina por el sueño de corte nietzscheano de búsqueda del super-hombre, pero dotándolo de un aura de cristianidad; el sueño último del presente social es la ascensión a lo que él llama el Homo-Theos. De manera que, en esta promoción, como es fácil advertir, es poco y casi nulo el peso del quehacer filosófico francés de nuestro tiempo, a pesar de que más de la mitad de ellos nació en el extranjero y buena parte realizó estudios de grado o de postgrado en otro país.

A este bloque generacional pertenece, también, Lusitania Martínez. Docente en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) durante más de un cuarto de siglo, su pensar filosófico ha experimentado sucesivas mutaciones, que van desde el existencialismo, al marxismo, la conjunción de uno y otro, hasta el feminismo de corte socialista a que parece adscribirse en la presente etapa de su vida. Lusitania Martínez es una trabajadora incansable, tanto en función de los proyectos sociales que suele asumir como de la fundamentación teórica de sus creencias y posturas. Fruto de esa disposición de su voluntad ha dado a la estampa varios libros y una apreciable cantidad de ensayos y artículos periodísticos en los que es posible apreciar la impronta del Sartre de La náusea, El ser y la Nada y sobre todo de la Crítica de la razón dialéctica, y de la parte filosófica del pensamiento de Simone de Beauvoir, máximament
e en lo que tiene que ver con la relación entre los géneros. Entre mediados de los setenta y los ochenta se operó en su pensamiento un viraje hacia la concepción marxista del hombre y de la cultura, que tomaría cuerpo en su libro sobre Palma Sola. Pero a partir de entonces, después de su período de estudios en México, su pensamiento retornaría a sus preferencias sartreanas originales, mas, esta vez, en activo diálogo con la doctrina feminista.

Los miembros de esta promoción constituyen el sillar sobre el que se asienta la labor profesional de la nueva generación de libre-pensadores de la República Dominicana, el componente filosófico de la generación '80.

VI - El bloque generacional 1980-2000

A diferencia del grupo anterior, éste se caracteriza por ser, en términos de formación, en sentido general, un producto genuinamente dominicano. Sólo dos de sus miembros, Manuel Núñez y Rafael Báez Bisonó, se doctoraron fuera; el primero en Francia, el segundo en la Unión Soviética. Los restantes se han formado en las universidades nacionales. Buena parte ellos sólo tiene grado de licenciado, pero la mayoría ha realizado estudios de maestría, en el país, a excepción de David Alvarez; uno que otro es autodidacto o, como Víctor Bidó, aún no completan el plan de estudios del grado mínimo en el área. Empero, una constante los une: la preocupación por la situación actual y las perspectivas de la República Dominicana, su país de origen. Este signo alcanza su punto más alto con el libro El ocaso de la nación dominicana, de Manuel Núñez, en el que, antes que influjo alguno de la filosofía francesa contemporánea, se advierte una relación de continuidad-discontinuidad entre el modo de pensar Ortega, Renán, Américo Lugo y Kant, y el joven autor dominicano. La apertura total es uno de los elementos característicos de este sub-grupo, aún en constante proceso de configuración.

En Rafael Morla se expresa con fuerza esta tendencia. Su quehacer parece influido tanto por Ortega como por Marx, pero el centro de su ensayística es la conformación de una cierta concepción de lo dominicano con sentido de la totalidad que, a propósito de determinadas circunstancias, pueda devenir elemento auxiliar de la acción social (Touraine). Los problemas éticos y la filosofía política parecen ser los ejes temáticos en torno a los cuales poco a poco se va enhebrando su obra. Esto último es igualmente válido para otros prominentes miembros de la Escuela de Filosofía de la UASD, como es el caso de Tomás Novas —acaso el más profundo y sistemático de todos—, Julio Minaya, Frank Acosta, Rafael Báez Bisonó y el benjamín de la Escuela: Francisco Pérez, verdadera promesa intelectual que a las líneas anteriores une una prosa rigurosa, preocupaciones de factura metafilosófica, orientalista y teosófica. En Núñez y Morla, de algún modo, Ortega ha dejado su impronta, aquí y allá, pero los miembros de esta promoción que mejor conocen la obra del gran raciovitalista, y los que más influidos por él se muestran son Víctor Bidó y Basilio Belliard.

Los dos jóvenes pensadores que más cerca de la filosofía contemporánea de lengua francesa alcanzo a ver son José Mármol y David Alvarez, más el primero que el segundo. El pensar del segundo parece fluctuar entre Heidegger, Platón y Levinás, en cuyo pensamiento en algún momento ha visto a "uno de los más ricos y vigorosos de la filosofía contemporánea", sobre todo en lo que tiene que ver con sus concepción del Otro, su teoría de la alteridad (Estudios Sociales, Santo Domingo, enero-marzo de 1988, No. 71, pp. 15 ss.). Él mismo ha agregado a los dos últimos los nombres de Marx, Duarte y Bosch en un ensayo breve y luminoso en el que, entre otras cosas, se propone dar cuenta de las fuentes de su labor intelectual más reciente (El Siglo, viernes 11 de junio de 1999; p. 10), difundida básicamente a través de su columna semanal, desde la cual semana tras semana arroja luz sobre los más variados tópicos filosóficos, políticos y religiosos con rigurosidad, frescura e independencia.

Las determinaciones básicas del pensamiento de Mármol parecen tomar sus alientos fundamentales de unos pocos filósofos y teóricos del lenguaje de origen francés, cuales son los casos de Roland Barthes, Emile Benveniste y Michael Foucault, sin desmedro de las emersiones, más bien fugaces, de Heidegger, Ortega y Platón, cuando ejerce la crítica literaria, sitúa la obra de algún filósofo dominicano o reflexiona sobre el tema de las generaciones (Cfr. Etica del poeta (escritos sobre literatura y arte), Santo Domingo, 1997; pp. 65-128).

José Mármol y David Alvarez expresan, mediante su formación y a través su quehacer intelectual, una tendencia bastante acusada entre los humanistas dominicanos: a pesar de la cercanía que liga al país con otras naciones —política y económicamente poderosas, lo mismo que la francesa—, a pesar de las inversiones notorias que en la promoción de sus valores y su cultura entre nosotros realizan, e incluso de su inmiscusión manifiesta en las actividades políticas y económicas de la República, la intelectualidad dominicana y las capas de la población con ella relacionada, rara vez ven a esta poderosa nación como un venero de alta cultura (Música, Filosofía, Literatura, Teoría Política, Sociología, Derecho e Historiografía). Cuando del cultivo de los bienes del espíritu se trata, nuestros connacionales dan en pensar en la Europa Mediterránea, sobre todo en Francia, España e Italia, y, en menor medida, en la Europa del Norte, básicamente en Alemania. De ahí que, de una u otra manera, buena parte de nuestros grandes hombres públicos y maestros grandes literatos y pensadores, así del presente como del pasado, registren por lo general alguna relación académica o de afinidad con el país que mejor sintetiza en la actualidad a la cultura greco-latina del período clásico: la República Francesa.