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lunes, 23 de noviembre de 2009

El diálogo como imperativo de humanidad en el "Filoxeno" de León David

El diálogo es uno de los medios de expresión por excelencia de la reflexión filosófica. En él confluyen muchos de los componentes típicos de esta forma de conocer la realidad: apertura hacia la novedad ---cosa distinta de la moda---, la creatividad y el descubrimiento, sentido de la totalidad, pericia en el arte de escuchar, tacto en el ejercicio del criterio, paciencia ante la posibilidad de arribar a conclusiones. El diálogo es, en efecto, una apuesta al servicio de la buena conversación y de la democracia. Vale decir, del reconocimiento del otro, independientemente de cuáles sean sus hábitos mentales, sus costumbres o su concepción del mundo.
Dialogar es, sin embargo, un arte que cuenta con cada vez menos oficiantes en la República Dominicana. El autoritarismo campea, y no precisamente en el Estado, sino en los intersticios de la cotidianidad y de las relaciones académicas y de familia. Esta obra, de la autoría del reconocido poeta y pensador dominicano Juan José Jimenes Sabater, mejor conocido como León David, es una elocuente invitación a percibir el diálogo como algo lúdico, como un ejercicio de constructivo entretenimiento, pero, también, como herramienta de exploración gnoseológica. Se conversa para crecer e integrar a las propias convicciones nuevos aires, nuevas razones, nuevos atisbos de conclusión. Dialogar es ya saberse limitado; hallarse en disposición de ensanchar los horizontes del propio mundo interior.

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miércoles, 8 de julio de 2009

Glosas para un intento de lectura del poemario "Esta Ciudad ha sido Tomada por las Piedras", de Alejandro Gonzàlez

Decir poesía es decir libertad. Ahora bien, todo poeta es, al propio tiempo, un testigo de excepción de su espacio-tiempo histórico. La pasión por la lengua es una de las premisas básicas de la creación poética, si bien la gran poesía sólo deja asomar sus filamentos encantados en la medida en que el poeta transgrede los universos de significado que le han servido de punto de partida. La creación artística tiene siempre un inestimable valor testimonial, pues no sólo revela la altitud estética alcanzada en un momento dado, sino que, además, incluye, como difuminados o a contraluz, vestigios de suyo elocuentes de la tradición frente a la que se levanta y de la circunstancia en medio de la cual emerge.

El quehacer artístico es faena intransferible, estrictamente personal. La particular manera en que un poeta se piensa a sí mismo o percibe la noche, su ciudad o la multitud que, entre una y otra, se desplaza, sólo él puede aportarla. La mirada de un poeta es siempre única e irrepetible. Constituye una callada invitación, persistente sin embargo, a re-mirar con pupilas renovadas la realidad, interna y externa. Por ejemplo, es imposible que volvamos a ver de la misma manera ese momento mágico en que los últimos destellos del día y las primeras sombras nocturnas se anudan, después de escuchar al poeta decir… “sucede la noche/(la negra arquitectura del misterio)/bajo sus límites la ciudad/se va poblando/de/silencios” (p. 14), o de sentirlo emprender la marcha “como un forastero solitario emboscado/en cada esquina por el miedo” (p.23) “agredido por la duda/doblegado (…) entre una muchedumbre/confusa/ que se desplaza aferrada a su sombra” (p. 15).


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