Aproximación a una noción eventual de
semblanza filosófica.- El
auténtico semblante de un filósofo, aun en el caso de que existan trazos que ayuden
a delimitar los contornos de su rostro, es su estructura mental. En el núcleo duro del que se derivan sus
convicciones básicas y sus patrones de comportamiento reposan las claves de su
modo de ser. Hacer la semblanza de un
pensador equivale a filiar, tomando como piedras de toque su obra y su vida
biográfica, el conjunto de esquemas, estereotipos y representaciones a partir
de los cuales devienen comprensibles sus decisiones, actitudes y
reacciones. En suma, se trata de sacar a
la superficie el rimero de las clavijas constitutivas de su manera de entender
el mundo y de relacionarse con él.
La semblanza filosófica no es, pues,
un género narrativo, conceptual ni
figurativo; es la expresión quintaesenciada de la fusión y superación de esas
tres posibilidades. Cuenta la tradición
que Sócrates, al enterarse de que un famoso retratista griego de su tiempo lo
había descrito como de poca estatura, calvo, rechoncho y de ojos saltones,
contestó: “Sí, pero todo ello he mejorado gracias a la educación”. Lo que cuenta, en efecto, al abordar la
semblanza de un filósofo es precisamente el cariz de las concepciones que
confluyen en su entendimiento y el influjo que éstas ejercen en la
configuración de su identidad personal.
Vale decir, el índice medio de correspondencia existente entre lo uno y
lo otro, tomadas diacrónicamente.


