martes, 17 de diciembre de 2013

Invariantes afectivos y antropológicos en Territorio de espejos

    
Invariantes afectivos y antropológicos
en Territorio de espejos



Alejandro Arvelo

Territorio de espejos, de José Rafael Lantigua, es uno de esos libros que raptan la atención del lector al primer contacto.  Imposible detener el río incesante de su lectura, incluso después de haber arribado al verso final. Un estado de espíritu evocador, un tropel de símbolos y alegorías inefable, un arcoíris de aprensiones y presentimientos apremian el retorno, una tras otra, hasta la página inicial, e incluso hasta la portada misma de la obra y su mosaico de espejos y claroscuros.  ¿Qué secreta sensación de cataclismo intermitente nos impulsa y  nos hace yacer destas prisiones cargado?    

Las imágenes, los dejos de nostalgias de los tiempos idos que en ella habitan hacen de esta obra un puente perfecto entre los sentimientos y percepciones comunes de su autor y sus lectores potenciales.  Los invariantes afectivos y perceptivos que en sus páginas se anidan crean un cierto aire de familia, una atmósfera gentil que nos habla de la existencia de un fondo común de verdades que vincula con fuertes y sutiles lazos al mismo tiempo a la humana condición.  Lo universal habita en lo específico, lo concreto participa de la totalidad cuando media la sensibilidad artística.
Luego, diríase que lo que cuenta es asegurarnos de hacer arte; lo demás viene por añadidura, como por gravedad, que es justo lo que acontece con la obra poética dada a la estampa en recientes fechas por José Rafael Lantigua.  Lo primero que salta a la vista es que se trata de un poemario de gran aliento, en el que la vocación de horizonte y la extensión de las piezas poéticas que lo informan en modo alguno hacen venir a menos la intensidad y el poder de sugerencia de las figuras de dicción de que se auxilia el poeta para dejar ver el complejo de ideas y evocaciones que comparte sin reparos con quienes arriman el alma, que no los ojos ni la razón, a su obra.

Como todo libro digno de ese nombre, Territorio de espejos es un cosmos; un sistema de partes inter-conectadas en el que cada componente vale en sí y por sí mismo y constituye, al propio tiempo, un eslabón esencial para la puesta en acto de los restantes elementos que integran el todo.  En efecto, hay temas que atraviesan de principio a fin el poemario como una espada de fuego.  Entre éstos figuran algunos de notable andadura en la cultura occidental, como el amor, la muerte y el yo; y otros más bien propios de los artistas de la palabra de nuestra tierra, como la ciudad, los espejos y el decurso de la historia de la propia sociedad. 

En uno y otro caso, destaca el tratamiento personalísimo de dichos asuntos, mediante una estructura metafórica que habla de un poeta con voz propia, experimental en ocasiones pero con plena conciencia de la capacidad evocadora de las palabras de que se sirve con el celo y el esmero de un joyero de fina estampa.  El resultado es un libro de una disposición interior more geométrico si bien dotado de una frescura que, al primer contacto, nos ata a la vez que, a medida que nos adentramos en él, va abriendo, como en cascada, miríadas de ventanas, y que, desde antes de concluir la primera nos invita con vehemencia a una segunda lectura, como llevamos dicho. 

En términos generales, se puede afirmar que se trata de un libro cuyo principal eje es el amor.  En él se conjugan, ciertamente, a) lo pasional (eros), cual es el caso de ese amor, desgarrado amor, de Lord Byron de que trata  “La leyenda de Sintra” (p. 51), en cuyo pie también aparece la musa de sus ensueños a la que nuestro poeta dedica en su totalidad la obra que motiva estas glosas (cf. pp. 9, 55-57);    b) el amor intellectualis con el que Dios se ama a sí mismo, mediante el cual Spinoza explica, en la conocida proposición XXXVI, la inclinación del alma hacia Altísimo (philía); ése y no otro es el espíritu que anima toda la tercera parte de nuestro libro, “Espejos viajeros” (pp. 49-65), en que el poeta navega en alas de su apego por algunas ciudades emblemáticas de su orbe afectivo, pero en la que, obviamente, las claves del hacer poético vienen dadas por el conjunto de evocaciones, sentimientos y sensaciones que en él despiertan sus recuerdos y percepciones, que no los núcleos urbanos de referencia propiamente dichos;    y,  c) el amor afable y desinteresado (ágape) ajeno a los fastos y a los arrebatos del deseo o del apetito, debidamente evidenciado en aquellos poemas que hablan del retorno al pequeño rincón de mundo que representan la tierra natal, el fuego cálido del hogar o las tradiciones en que abrevó la muchachez ahora lejana, sobre todo los textos iniciales de “Espejos retrovisores” (pp. 69-73).

La muerte es uno de esos tópicos que, quizás, el modo mejor de aprehenderlos sea el decir poético, toda vez que eluden cualquier tratamiento ajeno a la intuición y a la receptibilidad extrasensorial.  El libro no deja intocada la cuestión, e incluso se aventura a ensayar una que otra proposición que bien podría tomarse como un intento de definición.  El poeta afronta con gallardía la cuestión: no la ve como inexorable ni le teme; por momentos incluso luce extremadamente impertérrito ante él, acaso porque lo entiende como algo connatural a cuanto es o existe, desde un día, como en “Una tarde en Venecia” en que por un momento percibe que “La tarde moría, urgida de regresos” (p. 49), hasta un país del que es parte una ciudad amada, a la que se refiere como
un rostro vencido
una pupila sedienta
un párpado dilatado  (p. 61),

la cual es salvada del olvido por el arte de la palabra que en ella verdece con profusión de manantial:
Crece en ella
la poesía
como una memoria de trasfondos
como un libro hecho de piedra (loc. cit.),

aun a fuerza de estar inserta en un doblón de la geografía del trópico:

Caimán sin barba que entumece
su efusión rebelde
en la oleada dominante
del polvo y su hambre
de la verdad y su muerte
de la soledad y su raíz  (p. 62)

La clave para la comprensión de la intensionalidad del poeta la da la utilización del verbo entumecer, del que ya se había servido en el poema antes citado, a guisa de marcador definitorio de la huesuda muerte:
Vislumbré (…) que la muerte es un prado de violines
o quizás un cuerpo de bocas entumecidas
o tal vez una losa de columnas voraces  (p. 49).

En “El ocaso del viento”, un simple muro se constituye en el factor de impedimento del “espejeante abismo” que representa la desaparición de la vida, muestra de que de ninguna manera nuestro sujeto poético toma a la muerte como una tragedia irrefragable:
Un muro niega el paso de la muerte
y su espesor
origen donde los cuerpos voraces
confunden la función del espejeante abismo  (p. 32).

En “La tempestad y la noche”, el viento a que alude el título del poema citado precedentemente deviene en ráfaga gentil que tampoco mueve al temor al poeta.  Antes al contrario, éste parece lamentarse de la excesiva prolongación de la ausencia de aquélla:
siento la fresca ráfaga de la muerte
estoy venciendo el reto inclemente
de tu asueto perenne  (p. 44),

a diferencia de lo que percibe cuando se refiere a la muerte de otros, como en “Lecturas de granujas”, que dedica a los torturados en las cárceles del Km. 9 y de La 40 durante la Era de Trujillo:
Es la hora del miedo
y la muerte
    afuera      adentro
adereza su aguijón  (p. 84).

Este yo sereno, seguro de sí mismo y nada temeroso, que mira la muerte como desde la distancia o la exterioridad, salvo cuando se trata de la muerte de los otros, según se ha visto, posición perfectamente compatible con un cierto humanismo cristiano, es sin embargo un yo  ---poético, naturalmente---  transido de soledades, y de silencios de esos que en las noches del estío o durante el otoño arañan el alma; herido de nostalgias y objeto de fuertes sacudidas interiores (cf. 40, 43, 45, 70) que recuerdan los estremecimientos que, según el Kierkegaard de Temor y temblor,  experimentó Abraham en el instante supremo en que se apresta a sacrificar a Isaac por orden expresa de Jehová, en el centro del aislamiento más extremo jamás experimentado por un ser humano. 

Pero ni el abatimiento ni el desencuentro son las notas que marcan el compás de este poemario.   Al igual que el alma humana participa del amor intellectualis divino a través de su inclinación hacia Dios, según Spinoza, y Abraham supera su angustia y su miedo por medio de la fe, y de ese modo queda re-integrado, re-ligado, nuestro sujeto poético encuentra en la afirmación de su mismeidad   ---como retorno hacia su sí mismo---,   en la vuelta hacia su patria chica y sus costumbres, hacia el hogar primigenio, y, finalmente, en Dios, las vías regias hacia la re-fundación y hacia el re-encuentro consigo mismo, si bien sobre un plano superior al plano de partida, muestra elocuente de lo cual son los poemas “Retorno al origen” y “Mañanitas de diciembre en la aldea”. Veamos…

La soledad, el silencio y la noche son tres aspectos cruciales para acercarnos a la percepción del yo de Territorio de espejos. La soledad, esta soledad, sabe a frío y desamparo; es la historia de un corazón que se escinde, como una flor celeste de dos pétalos:
Septiembre
me libera a la vida
palpitante
a la serena luz del corazón
que se bifurca   (p. 95).

La sola rememoración del momento de su advenimiento a la vida biográfica revive en el poeta el recuerdo de los días ya lejanos de aquellas soledades de cada día, en que una que otra vez una pena o alguna lágrima nubló el espejo de su mirada:
Septiembre es un mes audaz
Virgo sobre Libra
Tierra        ansiedad         desafío del llanto forastero
Una luz en fuga
transmite la heredad huérfana
Misterio iluminado
en el aliento donde se construyen soledades  (p. 91.  cf. pp. 57, 59, 71, 94).
    
Tan densa y omnipresente fue la sensación de soledad de aquellos años que al poeta se le hace difícil desprenderse de ella, hasta el punto de percibir como necesario o gratificante volver a su encuentro:
Voy a reencontrarme con la soledad
que me acompaña desde niño  (p. 70).

Pareja intención le anima con respecto a la noche, habitáculo de excelencia del insomnio (pp. 33, 76):

Me voy a buscar la noche
de mis lágrimas
a entreverar el vientre de mi casta
a redescubrir el soliloquio de una tristeza impía
que está atada al hilo de mi trama
y su zumbido  (p. 71),
    
aunque no sin cierta reticencia, pues, 

La noche es, siempre, como un sollozo,
como una desnudez
que se desangra.
La noche es, siempre, un abismo
Que muerde temeroso la eternidad   (p. 28).
                                                                                      
  
   Lo propio puede decirse de los versos iniciales del “Poema de la soledad (en cuartos menguantes)”.  Si bien con cierto dejo de resignación, el poeta deja ver su intención de ser uno con su compañera inseparable de otros tiempos.  No ha olvidado su “graznido de plomo” pero va en pos de ella, aun cuando no alcanza a determinar hacia adónde volver la mirada:
Oh dintel de los suplicios, ¿dónde habitará tu escama?
¿En qué camino se erguirá el silbido enhiesto de tu paisaje?  (p. 74);

que más que de un estado de espíritu o de un complejo de sentimientos, la soledad terminó por tomar forma y figura ante la estructura mental de nuestro sujeto poético. Tal es la razón por la que da en concebirla como una entidad capaz de desplazamiento y de provocar sensaciones propias de cosas y elementos de orden material, como el frío, por ejemplo. En “El ocaso del viento” se le escucha decir…  
un aire turbio merodea en el patio
donde una soledad olvida su frío  (p. 32),

en “Tu tempestad y la noche”,

Voy a la soledad como el que entra en breve plazo
en su cansancio frío” (p. 44),

y en el poema “En Salamanca”, de nuevo el frío aparece correlacionado con la sensación de la soledad:

Hemos desandado los pasos
sobre la fría noche
(escasa de transeúntes)
tras bares de copas vacías
en una estancia llena de soledades  (p. 52).


Por “Tránsito de espejos” llegamos a saber, asimismo, que la soledad es una entidad y que está dotada de alma, y  que, por demás, es “bronca” (p. 56); y, gracias al verso final del “Poema de la s
oledad”, nos enteramos de que es “vaga” la estancia que habita (p. 77).
Ahora bien, el horizonte de destino del sujeto poético de esta obra está constituido por un entramado mucho más complejo y trascedente que su intención de internarse en las sombras espectrales de la noche, ser uno con su soledad o volver sobre sus huellas en alguna centenaria ciudad.  La reconstitución de su yo pasa, en primer lugar, por la auto-afirmación, mediante un ejercicio negativo de la libertad, que si bien no le permite hacer lo que desee, a manos sueltas, sí coloca en su senda la posibilidad de saber qué no haría, y de actuar en consecuencia:
 Hay una senda
 por donde no caminaré
tránsito sin vías
 Un espacio donde medra la amargura
 al que no me integraré
 Una casa de fiestas perpetuas
 donde no habitaré  (p. 98).

La segunda premisa de este viaje hacia la plenitud del propio ser descansa en la vuelta a la atmósfera augusta de la casa, aquella que fue cobijo de soledades y de más de un océano de esos “que el corazón deja escapar” (p. 59), pero también de apacibles momentos propicios al ensueño, y de tardes de juegos y ayeres de leyenda (p. 71).  Con esta vuelta sobre el propio patrimonio intangible que aguarda en la memoria también se recupera el pequeño fundo y su vitalidad de ingenua convivencia ambiente y sus usos, sus antediluvianos hábitos sociales, como las “Mañanitas de diciembre…”, y todo lo que ellas entrañaron.  ¿Cómo olvidar aquellas “fraternidades modeladas // en el perfil de un irrevocable rocío”? (p. 72).  La voz del poeta se deja sentir con la fuerza de una campana en medio de la llanura al momento en que la tarde es ya sólo sombras:
Esta noche vuelvo a casa
conmovido
Voy a requerir mis tardes perdidas
mi ambiguo recuerdo
mi azar
mi tierra
mi pedacito de tierra
mi vecindad
vencida  (p. 70).



     Al final de su ruta hacia la conversión en totalidad concreta, como Abraham y como el divino amor de que participa el alma humana, que al decir de Spinoza la inclina inexorablemente hacia la trascendencia, el poeta se plantea el retorno al Padre como arquetipo del ser o realidad, del lenguaje, de su casa y su patio, del útero materno y de su propia morada interior:
Voy a volver al ser y su costado
Dios en el umbral
Acechante 
para tenderme en la sumisa realidad
donde la curiosa gravedad del instinto
construyó un refugio de placeres

insondables   (p. 69)

1 comentario:

Dony Tamez dijo...

Buen blog, me gusta lo que escribes, es interesante como cada persona puede plasmar tantos temas en uno, yo lo que busco en un blog es que me mantenga interesado y si son diferentes ámbitos mejor.

Saludos.

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