Un zarpazo cruel de la vida, del azar o del destino, acaba de privarnos de Rosa Elena Pérez de la Cruz. Una mente privilegiada, una vida dedicada al estudio y a la reflexión de los temas básicos de Occidente. Por segunda vez, la imprudencia automovilística, tan al uso en nuestro país, peca de manera punzante e irreparable contra la Filosofía. (La primera vez, la víctima fue el también inolvidable Darío Solano, en la medianía de los años ochenta.)
De visita en nuestro país, becada por su alma máter, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se encontraba en Santo Domingo, completando una nueva investigación acerca del decurso del pensamiento filosófico dominicano. En efecto, nunca se separó de su tierra natal. Venía acá con frecuencia, antes y después del deceso de uno de sus amores predilectos, su madre. Sus viajes, también los aprovechaba para entrar en contacto con sus colegas filósofos dominicanos.
Durante una de sus frecuentes visitas a nuestro país, a mediados de los noventa, impartió un curso acerca de Verdad y método, de Hans Georg Gadamar, en el que tuve la oportunidad de conocerla. De esa manera, la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo quedó integrada a los desplazamientos del pensamiento hermenéutico contemporáneo. Desde entonces, nació entre nosotros una amistad en la que ella puso siempre la condescedencia y quien esto escribe, la admiración.
Quienes la tratamos de cerca llevaremos por mucho tiempo la muerte en el alma. Rosa Elena, ida a destiempo, en la plenitud de su producción intelectual, enlutece a las letras y a la república de las ideas de nuestro país. Si a la familia, también a sus amigos del alma cabe acompañarles en el desenvolvimiento de su pena. Era nuestra hija, nuestra hermana y nuestra madre adoptiva. Desde su natural porte de mujer de pensamiento, sabía dejarse querer.














