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"El Proletariado", Dustin Muñoz |
Una
exposición pictórica es siempre una incitación a mirar la realidad desde una
perspectiva inédita. Toda muestra, expresión quintaesenciada de múltiples
determinaciones, alberga una intencionalidad manifiesta. Pone en contacto al
espectador con un rimero más o menos coherente de planteamientos, sugerencias y
patrones de enfoque de orden estético, plástico e incluso
sociológico-filosófico. Las posibilidades de cohesión son mayores cuando se
trata de creaciones de un solo artista y, mejor aun, si corresponden a una
etapa específica de su producción. Lo propio acontece cuando quienes concurren
comparten el mismo canon, las mismas apuestas y las mismas técnicas.
Las
colectivas que incluyen a creadores de distintas generaciones y estilos suelen
ser más complejas, pero también más ricas y diversas. Temas, tratamiento y
búsquedas varían de manera ostensible de un pintor a otro. Ni qué decir de la
particular manera en que sus vivencias, su formación y su sistema de creencias
dan en combinarse para desembocar en una forma concreta de mentalidad. Una de
las señas de identidad de la plástica es justamente la concurrencia de escuelas
y estilos. El arte constituye, en efecto, uno de los antídotos por excelencia
contra la visión de túnel, el dogma y la excesiva seguridad de quienes se creen
en posesión de la verdad absoluta. Nos incita a abrirnos a la comprensión de la
diversidad del mundo.
La
condición unidimensional, el vicio exclusivista y el pensamiento único navegan
en la misma dirección, bajo el mismo cielo y hacia el mismo horizonte. Tienen
en común el desconocimiento de la alteridad y el impulso primario de anulación
de la diferencia. El mero contacto visual con el conjunto de obras que compone
«Nuestra Expo: Cinco Artistas de la República Dominicana», deja en el aire la
sugerencia de que es posible ser cada vez más comprehensivos, mirar con pupilas
renovadas así nuestra cotidianidad como los asuntos más intrincados o
abstractos, y, ante todo, que es posible vivir la vida en un plano más alto.
Constituye, en tal virtud, una auténtica muestra de arte verdadero.
El
poema «Yelidá», de Tomás Hernández Franco, mítico recuento del viaje hacia sí
misma de la parte que nos es más próxima de aquella que Vasconcelos llamó la
‘quinta raza’ en su ensayo Raza Cósmica.
Misión de la raza iberoamericana (Barcelona, 1925), se cierra con estas
aladas palabras: “Será difícil escribir la historia de Yelidá un día
cualquiera”. Igual de intrincado e inasible es el conjugado de impresiones,
ensueños, propuestas y sentimientos que se expresa a través de las obras
pictóricas del quinteto de artistas dominicanos que han acudido a esta cita,
sobre todo si nos acercamos a ellas siguiendo exclusivamente la senda del logos
y no los caminos augustos de la diversidad, la percepción sensible y del
reconocimiento.
Nada
somos ni sabemos a ciencia cierta sin la mirada de ese ser-otro que, al posarse
sobre nosotros, se auto-des-cubre y nos coloca ante los mil espejos de nuestra
realidad vital y sus potencialidades. No se descubre al prójimo observándolo,
sino sintiéndose observado por él (Sartre). El prójimo es, pues, en este
sentido, donador de sentidos, proveedor de humanidad. «Nuestra Expo» es, pues,
ese sí mismo como otro que reclama ser mirado de manera detenida para devenir
auto-consciente y participar de la construcción del observador. Tiene, en
efecto, todas las características de una propuesta de dialógica interacción.
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"El Beso", Manuel Toribio |
No
se realiza en el mero hecho de explayarse en éste o aquél doblón de la
geografía de cualquiera de las dos masas continentales del orbe occidental.
Apuesta a más. Se insinúa como sillar propicio al reconocimiento, sobre la base
de las diferencias específicas atinentes a cada uno de los costados de nuestro
mundo. Como con justa razón dejó dicho Antoni Tapiés, “la posibilidad del
conocimiento de la realidad la lleva todo el mundo en sí, y el artista no hace
más que ayudar a despertarla en todos los que la tenemos dormida” (Francesc
Vicens, Arte abstracto y arte figurativo.
Salvat, Barcelona, 1973; p. 9). La acción sin conocimiento conduce
irremisiblemente a la sinrazón y al desencuentro.
Algún
débil eco del célebre apotegma hegeliano de que “La verdad está en el todo,
sólo el todo es verdadero”, pervive en el pannaturalismo darwinista y el
perspectivismo de Georg Simmel y de Ortega y Gasset, pero también en la
ambición de totalidad del cubismo. Al decir de Apollinaire “Picasso estudia un
objeto del mismo modo que un cirujano disecciona un cadáver”, a lo cual Will
Gompertz agrega a reglón seguido que: “Esa es la esencia del cubismo: tomar un
tema y deconstruirlo a través de una intensa observación analítica” (¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno
en un abrir y cerrar de ojos. Santillana. Madrid, 2013; p. 145).
La
verdad de que es portador el cubismo no es tanto la deconstrucción analítica,
sino el programa que Braque y Picasso asumieron a propósito de la naturaleza
bidimensional del lienzo: enfocar sus temas desde todos los puntos de vista
posibles y mostrar todos los planos al mismo tiempo, lo cual hubo de llevarles
a apostar por la tridimensionalidad en sus obras y a “escoger las vistas que
consideraban que describían el objeto que tenían ante sí de una manera más
clara”, en pos de generar “en el espectador una sensación más fuerte de
reconocimiento sobre la naturaleza auténtica (…) de lo que sirviera de tema” al
tiempo “de ofrecer una representación más exacta de cómo observamos en realidad
un objeto” (íd., p. 152).
Mutatis mutandi,
«Nuestra Expo» también constituye en sí y por sí misma un estroma mediante el
cual es posible acceder a algunos de los determinantes básicos de la presente
encrucijada histórica, así en lo particular como en lo universal. Lo mismo que
en los diálogos platónicos cada personaje es parte esencial del entramado total
del contenido de la obra y de la estrategia discursiva de su autor, cada lienzo
y cada expositor expresan en ella una parte indispensable de lo que somos en
cuanto dominicanos, iberoamericanos y hombres y mujeres de nuestro tiempo en
sentido general. Como en la fábula de “la sociedad del plato roto”, de Simmel,
aun en el caso de que faltare así fuese una esquirla, la susodicha totalidad
concreta estará incompleta.
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"Llegas en la flor y en el agua", José Pelletier |
Así, pues, que bien hará el espectador si se detiene debidamente ante cada una de las obras a su disposición, la remite, luego, a las restantes creaciones disponibles en la muestra del artista de que se trate, y éstas a su vez a la totalidad de la «Expo». Tratándose de un repertorio de arte contemporáneo, conviene tomarse el tiempo necesario para aquilatar en toda su riqueza y profundidad los aspectos y la cosa entera. La pintura actual, lo mismo que el Rousseau del primer párrafo del capítulo inicial del Libro III del Contrato social, “no conoce el arte de ser claro para quien no quiere ser atento”. La diversidad de técnicas, estilos, la notable variedad de los temas así como los múltiples tratamientos de que son objeto, constituyen motivos suficientes para que nos demos la oportunidad de adentrarnos en su boscaje augusto con calma y tranquilidad, como también reclama Rousseau a los lectores de su libro.
Como
se apreciará al pronto, se trata de cinco pintores dueños de una clara
conciencia de su oficio y de la visión del mundo que le sirve de sustento.
Abiertos a los más dispares efluvios de la plástica contemporánea, a pesar de
su sólida formación académica. Forjados en la fragua de la tradición occidental
—con énfasis en los modos que ésta ha adoptado en el curso de la última
centuria—, sus trabajos creativos y sus estilos respectivos se han estructurado
en un constante proceso de interlocución con los grandes maestros y movimientos
pictóricos de ayer y de hoy. En fin, nos encontramos ante trabajadores del arte
que se hallan bien anclados en el presente; que nos remiten una y otra vez a su
tiempo y sus asuntos, a nuestro espacio-tiempo histórico.
No
por acaso sostenía Picasso que “La calidad de un pintor depende de la cantidad
de pasado que lleve consigo”. Quienes saben de dónde vienen se encuentran en
mejores condiciones de saber hacia adonde van. Sin memoria histórica es
imposible alcanzar las cumbres luminosas de la auto-realización, personal y
profesional. La ignorancia no produce derechos, salvo los que se expresan
mediante el silencio. De espaldas a lo que se es, se anhela y se puede, sin un
esquema claro de hacia adonde nos dirigimos es impropio emprender la marcha
hacia la consecución de cualquier propósito de mediano o largo alcance. “Para
el que no sabe hacia qué puerto se dirige, ningún viento es favorable” (Séneca,
Cartas a Lucilio, No. LXXI).
Cada
uno de nuestros convidados expresa un costado del aquí y del ahora, con un
lenguaje personal, un código de sugerencias y unas estrategias compositivas
propias. Ninguna proposición enhebrada como al desgaire y al pasar, del tipo de
las que aparecen a continuación, podrá sustituir jamás el instante mágico en
que un espectador se posa ante una obra de arte. No me resistiré, sin embargo,
a la tentación de dejar caer a modo de fulguraciones tres o cuatro impresiones
acerca de las obras puestas a disposición del público en «Nuestra Expo». Un
incontenible tropel de imágenes, destellos y evocaciones se agolpan en mi mundo
interior, hasta el punto de incitarme a alzarme algunos centímetros sobre el
suelo que reposa bajo mis pies…
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"La mancha indeleble", Dustin Muñoz |
A
los pocos minutos de estar en contacto con la producción artística mediante la
cual DUSTIN MUÑOZ se hace presente en «Nuestra Expo» una primera intuición se
instala en la conciencia como parte del estado de subitaneidad en que, de
pronto y sin saber cómo, nos encontramos: sus obras son más, mucho más, que un
medio de representación. Cada uno de sus lienzos, si bien nos introduce en un
mundo de símbolos y remembranzas de diversa naturaleza, tiene una vitalidad tal
que le permite moverse en el ámbito de la realidad pura y dura como uno más de
sus componentes. Hay en la obra de este artista singular un fecundo
aprovechamiento de lo onírico y de los recuerdos y añoranzas por la vida, los
espacios y los tiempos que se fueron y que ya no han de volver (como en “Huellas
de un transporte superado”). Acaso por ello el artista —a diferencia de lo que
acontece en “La fábula de Aracné”, de Velázquez— en lugar de separar artesanía
y bellas artes, deja en el aire la sugerencia de una posible integración de
aquélla en ésta a través de las toscas costuras que aparecen diseminadas con
gran tacto en su pintura.
El
ejercicio del criterio también alcanza en nuestro autor otros muchos ámbitos de
la realidad. Cuando arrima el alma al orden social, por ejemplo, en su paleta
asoman mil vislumbres de esperanza. Así lo atestigua su preferencia por la
luminosidad sin remisiones de sus acrílicos color ocre en los que sol y tierra,
tierra y sol parecen fundirse en un solo estallido de luz. Todo ello, unido al
acabado dominio de la composición y a la posesión de un trazo firme, depurado y
flexible al mismo tiempo, permite advertir que nos encontramos ante un artista
cabal, de esos que crean una obra llamada a permanecer, a sobrevivirle y a
sobrevivir a quienes hemos sido testigos de excepción de su acendrada vocación
de eternidad.
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"Nuestro circo", Gabino Rosario |
En
la obra de GABINO ROSARIO también es de destacar el acentuado dominio del
dibujo y de la composición. La facilidad con que maneja la yuxtaposición de
planos y figuras hasta convertir cada obra en una fuente interminable de
revelaciones y encubrimientos de imágenes y mensajes es el argumento por
excelencia, la afirmación de que se trata de un maestro de la delineación y de
la composición. Eso sí, teniendo siempre como referencia y piedra de toque al
tema por excelencia de su arte: la condición humana (en su erotismo, en los
desplazamientos de sus usos y costumbres, en sus dejos de simulación y
disimulación, en el hecho cierto de las aglomeraciones, en su permanente
búsqueda de trascendencia, en su desamparo y en sus desnudeces más elocuentes y
sentidas, ésas que casi dejan ver el alma, los sentimientos y las necesidades
más hondas).
El
desnudo femenino ejerce sobre nuestro autor una fascinación sin término. Un
concierto indetenible de majas, gestantes y sirenas habitan en sus obras,
alternadas, en cerrada contigüidad, por máscaras y rostros de rasgos
masculinos, como queriendo decirnos, así en “Eros… Eres… [de la pureza humana y
del agua]”, que todos somos uno, no importa si pulsamos las mil cuerdas de la
lira del amor o si se tensan nuestros bordones interiores en busca de lo
incondicionado. Con la misma suavidad y el mismo donaire, pero siempre en
armónica desenvoltura se suceden en sus obras hombres y mujeres de piel de
distintos colores y tonalidades, como en sus dípticos “Nuestro circo” y
“Acordes de la creación”.
Seres
de la más diversa naturaleza y condición se dan cita, en efecto, en las obras
con que el artista toma lugar en esta «Nuestra Expo», como cuando en “Mudando
el taller” coloca ante nuestros ojos el cosmos, la infinita sucesión de cosas,
acciones y elementos de distinta laya, y los mil fantasmas que habitan en el
alma de un creador, vívido reflejo del carácter abarcante y totalizador que
anima su quehacer artístico. Resulta, pues, casi imposible separar su pintura
de una concepción filosófico-antropológica de la que se nutre y frente a la
cual reacciona. Parece querer decirnos, con Thales, que “el mundo está lleno de
dioses”, que el hombre es uno y diverso, y que todos participamos de todo; mientras
que en “Acordes de la creación” nos sirve la idea de la transmutación general
de las cosas y de los seres animados, y la percepción de un principio
generatriz de los ciclos y las secuencias que hacen posible, en una
interminable cadena de flujo eternamente vivo, como el fuego y el río
heraclíteos, la permanencia de la especie humana sobre la cansada tierra.
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"La noche en la isla", José Pelletier |
Sus
obras son, ellas mismas, valiosas per se, por el sólo hecho de estar en el
mundo, como el aire o la flor, como la música que por el viento se desplaza a
costa de la garganta del ruiseñor. Cierta música celeste se desprende, en
efecto, de alguna parte y nos lleva a desplazarnos de uno a otro confín de cada
una de sus obras. A veces son lentos nuestros movimientos, a veces acompasados,
y, en ocasiones, repentinos, según lo sugiera el movimiento del trazo a lomos
del cual cabalguemos en ese momento.
De
su arte pictórico, en esta etapa de su producción, salvadas las debidas
distancias, se puede afirmar lo que acerca del deporte favorito de los
sudamericanos y los europeos ha escrito José Antonio Martín Petón: “El fútbol
bien jugado tiene una belleza y una armonía muy difícil de igualar porque va
servida con pasión”. El sentido de la musicalidad no es, en modo alguno, ajeno
a la aprehensión de lo pictórico puro. Kandinsky presumía de palpar con total
claridad los sonidos de sus obras, y nuestra Elsa Núñez, si bien desde un
estilo completamente diferente, ha dicho en más de una ocasión que mientras
trabaja siempre escucha música.
Así
como la música traspasa fronteras y, como lenguaje universal que es, constituye
uno de los invariantes antropológicos por excelencia, la obra de Pelletier
encamina la intuición de sus espectadores hacia algunas de las estructuras
constitutivas básicas de la humana condición. Puestos a buscar rudimentos a
partir de los cuales adivinar sus estados de conciencia o sus estrategias de
orden discursivo, con el albedrío que la pintura abstracta sugiere y exige de
parte de quienes las observan, bien podríamos descubrir en sus trabajos lo
mismo la sugerencia del reconocimiento de determinados derechos de quinta
generación, por ejemplo en “Un grito en mi boca que mi boca no grita”, que una
cierta conciencia del crisol étnico-racial, y un vehemente llamado a la
fraternidad, a partir de sus acrílicas “La noche en la Isla” I y II, y en “Como
rojas raíces que se tocan”.
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"Al borde del camino", Manuel Toribio |
Las
obras de D. Muñoz, G. Rosario y J. Pelletier han surgido a la sombra del ropaje
cálido de sus talleres respectivos. Las propuestas pictóricas de MANUEL TORIBIO
para este salón, parecieran haber sido realizadas en plein air, como gustaban
Manet, Renoir y Pissarro, entre otros. Su estilo, sus estrategias compositivas y
los modos en que aborda sus temas son empero completamente diferentes a los
abordados por aquéllos, aun cuando comparte con ellos la pasión por la luz
natural y el paisaje. Su condición de dibujante consumado permite que los
efectos de la luz prevalezcan sobre los árboles, arbustos y montañas.
No
están allí únicamente para ser miradas o contempladas, sin embargo. El
predominio de las líneas verticales se traducen en una percepción repetida de
profundidad que nos incita a pasar de un plano a otro, y a recorrer cada
propuesta de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, en una incesante
búsqueda de la frescura y la novedad con que a cada paso toparemos. A este
recorrido siguen otros desplazamientos un tanto más tranquilos, a los que nos
inducen las horizontales ligeramente curvadas con que por lo general damos en
las partes más bajas y más altas de sus composiciones, plenas de luz, de brillo
y de vivos colores.
Su
pasión es documentar el paisaje adobándolo con la destreza de su mirada
privilegiada, el candor de su imaginación y la fuerza de su paleta vigorosa.
Cada una de sus acrílicas parece susurrarnos, transida de fenomenológico
entusiasmo: ¡volved a las cosas mismas! Ahora bien, la actitud del artista no
es, en modo alguno, pasiva. Aquí y allí, dos saltos de agua carmesí como
flamboyanes bien pueden sugerirnos una cierta preocupación del artista por los
estragos que en la naturaleza causa la minería. Es como si el ecosistema
sangrase, cuando se taladra el suelo en busca de los bienes llamados a satisfacer
la vanidad y la ambición, como en “Al borde del camino”, pero también cuando se
la tala en nombre de la supervivencia o la apertura de nuevas vías de
comunicación, como en “Heridas de sol” y “El beso”.
Grande
es la persistencia de aquélla, a pesar de los pesares. Las heridas escarlata,
aun circundadas por un luctuoso negro, no impiden la aparición de la luz del
sol en lo más alto de la obra, ni el supremo verdor continuo de diverso tono,
ni el bermellón alegre de los árboles que crecen “Al borde del camino”, ni
logran contener el impulso de vida que se manifiesta en el arbusto que emerge
en lo más alto de un tronco cortado en “El custodia”, que se puebla de aves en
“Como nidos para pájaros” y de seres humanos en “Parnaso en el trópico”. Vistas
así las cosas, a más de mostrar con inusitada elocuencia la persistencia de la
vida natural, se perciben la vocación ecológica del pintor y el reclamo de unos
derechos en cierto modo difusos de la Naturaleza a la que, al parecer, se
concibe como un organismo viviente, al modo de Lynn Margullis y James Lovelock,
como bien podría seguirse de “El beso”.
Y
de besos hablando… ese Beso que es unión de dos almas más que de dos cuerpos en
Rodin, si bien sus estilos respectivos poco o nada tienen en común, en MIGUEL VALENZUELA
es fusión y disolución. Sus personajes (cantantes, lectores, músicos, pintores,
viajeros, etc.) parecen fundirse con sus funciones y con las herramientas e
instrumentos que las hacen posibles. Así como Narciso devino una y la misma
cosa con el suelo que pisaba y la fuente en que su rostro y su mirada de sin
igual belleza se reflejaban, y Aracné se fundió con aquello que mejor sabía
hacer al conjuro del deseo de Atenea, las imágenes y figuras que pueblan estos
óleos de nuestro pintor se convierten en una y la misma cosa con su espacio,
sus ajuares y su vocación, incluido el mismo Valenzuela en “Autorretrato”.
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"Homenaje a la Música III", Miguel Valenzuela |
Las
torres almenadas que aparecen en esta obra, una llena de luz, la otra en
claroscuro, en su taller, nos hablan de seriedad con que el pintor afronta la
tarea de llevar al lienzo sus percepciones y concepciones: paño y caballete se
han amalgamado para ser torre o fortaleza a ser tomada por el artista. Pintura
refrescante y colorida que no deja de ser conceptual, que se toma la libertad
de sustituir determinados motivos por huecos —así en “Homenaje a la música II”,
“Autorretrato” III” y “La espera II”—, como invitando al espectador a penetrar
por ellos hasta lo más recóndito de lo pictórico y sus rosas íntimas, o acaso a
modo de ventanas del alma a través de las cuales puedan penetrar el aire y la
luz hasta las cabinas más íntimas de los seres dimorfos de que están repletas
sus propuestas.
Empero,
más allá o más acá de las especificidades de cada uno de los conjuntos
pictóricos que dan cuerpo a «Nuestra Expo: 5 artistas de la República
Dominicana», es posible identificar algunas invariantes, independientemente de
los respectivos estilos en liza: son obras estructuradas en permanente diálogo
con la tradición plástica occidental y, de manera especial, con la
configuración que ésta ha tomado en Hispanoamérica y en el país de origen de
los artistas representados; los temas por ellos abordados tienen un marcado
valor testimonial, personal y colectivo; lo global y lo identitario aparecen de
tal modo entrelazados que lo primero remite a lo segundo necesariamente, y
viceversa, y con tal donosura que cada obra constituye una callada invitación a
remirar con renovadas pupilas los fastos de nuestra época y de la condición
humana actual. En suma, la muestra completa invita a una suerte de percepción
de segundo orden sobre los asuntos del mundo.
Quien
se arrime, con el alma en las pupilas, a esta «Nuestra Expo» puede tener la
seguridad de que entrará en contacto con los determinantes básicos del modo de
ser de los dominicanos y de los hispanoamericanos del presente; y, por ende,
con algunas de las notas características de nuestra contemporaneidad. La
presente muestra pictórica es, como se podrá advertir al primer contacto con
las obras que la informan, un testimonio eminente de que cuando lo concreto es
abordado como la expresión quintaesenciada de múltiples determinaciones, el
resultado no puede menos que ser el advenimiento de un planteamiento pictórico
universal y llamado a permanecer.
Alejandro Arvelo
Junio, 2014.
4 Nuestra Expo... 5
artistas de la República Dominicana
2 comentarios:
tu blog: un hallazgo!
Muy bueno...
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