martes, 21 de julio de 2009

Palabras para el poemario "Nos dolerà la noche" de Romina Bayo

La poeta argentina Romina Bayo ha sido la primera ganadora en esta nueva época del certamen, con su poemario Nos dolerá la noche. Esta es la segunda obra, de la autoría de la joven creadora, que conoce el bautizo de la imprenta. En ésta, no menos que en la anterior, destaca en la escritora una fluidez y una perfección en el decir y en la configuración de las figuras del lenguaje de que se vale que evidencian una madurez poco frecuente en buena parte de sus congeneracionales. Tiene, no obstante, esta obra breve su propio atmósfera. Rezuma la fuerza de un acento personalísimo a través del cual se expresa con firmeza la voluntad de ser, en la vida y en la literatura, de este nuevo retoño del arte de la palabra latinoamericano.

De hecho, temas eternos de la producción poética de occidente ---Dios, el amor, el silencio, la noche, la propia identidad--- adquieren en esta forma breve de libro de gran calado, un aire de eternidad y una gracia inocente que sólo los poetas de estirpe conservan. Los poetas auténticos van siempre por la vida a la caza del sentido virginal de las palabras al uso. Su mirada se sitúa más allá del espejo del mundo. Lo propio de su condición es, pues, ser incomprendidos, sin importar cuan ciertos sean sus anhelos de hacer manifiestos asuntos complejos mediante los signos convencionales de expresión del pensamiento, de las intuiciones, de los sentimientos.

 


La poeta R. Bayo lo sabe, o lo presiente. Pero no está dispuesta a ceder, si bien, de rato en rato, se siente deambular, por los mil senderos e intersticios del poemario, la queja de la niña que, a pesar de los pesares, aún habita en ella: “Cobijo en mi mano a la niña que fui, / despierto fantasmas, / historias, / sueños apagados” (“Redimiendo huellas”), que la confronta a veces o que temerosa se muestra en ocasiones, pero que, en todo caso, se resiste a dejarla, por más que la autora se empeñe a acercar o fusionar ambos costados de su propio ser: “No tengas miedo / sigo siendo tan solo yo, / la mujer desconocida en que te has convertido” (“Niña interior”).

Ahora bien, no sólo de cara a las cadenas sutiles que en forma de libertad campean de continuo en la realidad ambiente está dispuesta, en modo alguno, a ceder así sea en un ápice el sagrado derecho de ser auténticamente ella, de llegar a ser lo que es; ni siquiera frente a la tiranía del recuerdo o al totalitarismo de la ternura se arredra ni paraliza: “En tus versos han muerto la niña y sus sueños” (“El final de un poema”). Está dispuesta a permanecer de pie ante los abismos sin nombre, serena ante la ventisca, de pie ante el arremolinamiento de los mares y los océanos: “No bajaré los brazos ante las amenazas constantes / de quienes creen tener potestad sobre mis alas…” (“Rebeldía declarada”).

Tal es el camino obligado de todo arte llamado a permanecer.

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